Instrucciones para cantar (  J. Cortázar)

Empiece por romper los espejos de su casa, deje caer los brazos, mire vagamente la pared, olvidese. Cante una sola nota, escuche por dentro. Si oye (pero esto ocurrirá mucho después) algo como un paisaje sumido en el miedo, con hogueras entre las piedras, con siluetas semidesnudas en cuclillas, creo que estará bien encaminado, y lo mismo si oye un río por donde bajan barcas pintadas de amarillo y negro, si oye un sabor pan, un tacto de dedos, una sombra de caballo. Después compre solfeos y un frac, y por favor no cante por la nariz y deje en paz a Schumann.



INSTRUCCIONES-EJEMPLOS SOBRE LA FORMA DE TENER MIEDO

     En un pueblo de Escocia venden libros con una página en blanco perdida en algún lugar del volumen. Si un lector desemboca en esa página al dar las tres de la tarde, muere. En la plaza del Quirinal, en Roma, hay un punto que conocían los iniciados hasta el siglo XIX, y desde el cual, con luna llena, se ven moverse lentamente las estatuas de los Dióscuros que luchan con sus caballos encabritados.

     En Amalfi, al terminar la zona costanera, hay un malecón que entra en el mar y la noche. Se oye ladrar a un perro más allá de la última farola.

     Un señor está extendiendo pasta dentífrica en el cepillo. De pronto ve, acostada de espaldas, una diminuta imagen de mujer, de coral o quizá de miga de pan pintada.

     Al abrir el ropero para sacar una camisa, cae un viejo almanaque que se deshace, se deshoja, cubre la ropa blanca con miles de sucias mariposas de papel.

     Se sabe de un viajante de comercio a quien le empezó a doler la muñeca izquierda, justamente debajo del reloj pulsera. Al arrancarse el reloj, saltó la sangre: la herida mostraba la huella de unos dientes muy finos.

     El médico termina de examinamos y nos tranquiliza. Su voz grave y cordial precede los medicamentos cuya receta escribe ahora, sentado ante su mesa. De cuando en cuando alza la cabeza y sonríe, aletándonos. No es de cuidado, en una semanaestaremos bien. Nos arrellanamos en nuestro sillón, felices, y miramos distraídamente en torno. De pronto, en la penumbra debajo de la mesa vemos las piernas del médico. Se ha subido los pantalones hasta los muslos, y tiene medias de mujer.



El simulacro Jorge Luis Borges

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EN UNO DE los días de julio de 1952, el enlutado apareció en aquel pueblito del Chaco. Era alto, 

flaco, aindiado, con una cara inexpresiva de opa o de máscara; la gente lo trataba con deferencia, 

no por él sino por el que representaba o ya era. Eligió un rancho cerca del río; con la ayuda de 

unas vecinas, armó una tabla sobre dos caballetes y encima una caja de cartón con una muñeca 

de pelo rubio. Además, encendieron cuatro velas en candeleros altos y pusieron flores alrededor. 

La gente no tardó en acudir. Viejas desesperadas, chicos atónitos, peones que se quitaban con 

respeto el casco de corcho, desfilaban ante la caja y repetían: Mi sentido pésame, General. Este, 

muy compungido, los recibía junto a la cabecera, las manos cruzadas sobre el vientre, como mujer 

encinta. Alargaba la derecha para estrechar la mano que le tendían y contestaba con entereza y 

resignación: Era el destino. Se ha hecho todo lo humanamente posible. Una alcancía de lata 

recibía la cuota de dos pesos y a muchos no les bastó venir una sola vez.

¿Qué suerte de hombre (me pregunto) ideó y ejecutó esa fúnebre farsa? ¿Un fanático, un triste, un 

alucinado o un impostor y un cínico? ¿Creía ser Perón al representar su doliente papel de viudo 

macabro? La historia es increíble pero ocurrió y acaso no una vez sino muchas, con distintos 

actores y con diferencias locales. En ella está la cifra perfecta de una época irreal y es como el 

reflejo de un sueño o como aquel drama en el drama, que se ve en Hamlet. El enlutado no era 

Perón y la muñeca rubia no era la mujer Eva Duarte, pero tampoco Perón era Perón ni Eva era Eva 

sino desconocidos o anónimos (cuyo nombre secreto y cuyo rostro verdadero ignoramos) que 

figuraron, para el crédulo amor de los arrabales, una crasa mitología